martes, 31 de agosto de 2010

¡Mi vida es una Misa prolongada!


Al terminar el Mes de la Solidaridad, algo sobre San Alberto Hurtado

Meditación sobre la Sagrada Eucaristía

I. La Eucaristía como sacrificio

El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo, de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.

De dos maneras puede hacerse esta actualización. La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación. La segunda manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio eucarístico nuestras propias inmolaciones personales, ofreciendo nuestros trabajos y dificultades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo. Con esto, al participar personal mente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transformamos en la Víctima divina.

Como el pan se transubstancia realmente en el cuerpo de Cristo, así todos los fieles nos transubstanciamos espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros.

¡Que horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.

¡Mi vida es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

II. La Eucaristía es centro de la vida cristiana

Por la Eucaristía tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes. Sin la Eucaristía, la Iglesia de la tierra estaría sin Cristo. La razón y los sentidos nada ven en la Eucaristía, sino pan y vino, pero la fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina; las palabras de Jesús son claras: "Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre" y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no como puros símbolos.

Con toda nuestra mente, con toda nuestras fuerzas, los católicos creemos que "el cuerpo, la sangre y la divinidad del Verbo Encarnado" estan real y verdaderamente presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios.

El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y el de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bien aventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!

Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros, debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar.

Un alma permanece superficial mientras que no a sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz.

El que quiere comulgar con provecho, que ofrezca cada mañana una gota de su propia sangre para el cáliz de la redención.

lunes, 23 de agosto de 2010

21º Domingo del Tiempo durante el Año

Cuando alguien nos ama verdaderamente y nos habla llamándonos por nuestro nombre, descubrimos que nos estamos solos. La victoria sobre la soledad genera alegría, y vivir se transforma en una fiesta.
El Reino de Dios es comunión, por esto su venida inaugura un tiempo de alegría, es una fiesta que no tiene fin porque es definitiva. Es la fiesta de la humanidad redimida.
La verdad de la comunión nos invita a estar juntos en torno a una mesa, en la alegría de una cena, en la abundancia de un banquete. La alegría de estar juntos nos conduce a una comida común, a compartir aquello qu somos. El Reino es simbolizado por un banquete, un lugar de encuentro y de comunión. Se nos ofrece, estamos invitados, pero debemos ir. Es un don gratuito, pero debe ser acogido con entusiasmo y alegría de corazón. El pueblo de Israel, creía, por su historia y por su pasado, ser privilegiado y poder gozar incondicionalmente de la invitación a este banquete. El profeta que lee en profundidad los acontecimientos reconoce que este privilegio no es ni incondicional ni exclusivo. Los hombres están frente a Dios como una única y sola humanidad. Al encuentro con Él no está excluido ningun pueblo, ningun hombre, todos son hermanos. El privilegio de Israel tenía este significado: proclamar a todos los hombres que no es la unidad de origen la que funda la igualdad entre los hombres, no es la pertenencia a una raza o a una clase que justifica una riqueza o una libertad. Todos los hombres deben tener la misma posibilidad, porque todos tienen la misma meta: encontrarse con el Padre y contemplar su gloria. Todos debemos llegar al reino, entrar a la casa del Padre, sentarnos a su mesa: todos nos movemos hacia un mismo futuro, hacia una misma tierra prometida, hay una sola meta y también una sola puerta.
La selección en la puerta del banquete no consistirá en la separación de israelitas de paganos, sino en la elección de aquellos que han respondido, o dado respuesta a la invitación y de todos aquellos que hayan practicado la justicia y el amor.
Jesús con su resurrección, es el primero que ha entrado en el banquete, él está sentado a la mesa y nos espera. Cristo, en su muerte y resurrección, nos ha mostrado que la entrada en el Reino no es un privilegio, es una invitación para todos. Pero la muerte es el modo con el cual Jesús ha entrado en el Reino, es la puerta estrecha. Solamente el que haya dado su vida como Jesús, podrá entrar en la sala y sentarse al banquete. La invitación a este banquete tiene para todos una sola respuesta: dar la vida como lo hizo Cristo.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 22 - 30

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigia a Jerusalén.
Una persona le preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?"
Él respondió: "Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos". Y él les responderá:
"No sé de dónde son ustedes".
Entonces comenzarán a decir: "Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas". Pero él les dirá: "No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!"
Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.
Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos".
Palabra de Dios.

"La caridad comienza donde termina la justicia".


En el día de la Solidaridad hemos recordado la pascua de nuestro primer santo, san Alberto Hurtado... el Padre Hurtado.

Hemos hecho memoria de sus llamados a la responsabilidad social, a la participación de las personas y al reconocimiento de su dignidad y derechos. Alberto Hurtado nos invita a vivir la santidad en medio de la vida que nos toca vivir como hombres y mujeres del siglo XXI, con los desafíos que emergen de una sociedad cambiante.

El terremoto y tsunami que afectaron a casi la mitad del país, con su secuela de destrucción y dolor de miles de hermanos, es también un llamado a discernir qué quiere Dios de nosotros, como habitantes de esta tierra, en la tarea de hacer presente el Reino de Dios.

¿Qué haría Cristo en mi lugar? Nos interpela el Padre Hurtado, y nos urge z construir un país de hermanos, dónde se respete la dignidad y los derechos de cada persona, donde los trabajadores sean justamente recompensados por su trabajo, donde la educación sea el camino para promover el crecimiento de las personas.

A pcos días de celebrar el Bicentenario de la República, digamos con Alberto Hurtado: que los encantos de caridad no nos lleven a despreciar a esta hermana humilde y sencilla, la justicia. Dejémosla poner en orden la casa, colocar cada cosa en su sitio; después vendrá la generosidad del alma que llenará con largueza aquello que la justicia no puede colmar.